asilo, asilo

asilo, asilo
ESCRIBO POR VENGANZA. ESCRIBO PARA LIBERARME. ESCRIBO PARA DESECHAR LO QUE ME HACE DAÑO. ESCRIBO PARA PENSAR QUE SOY OTRA PERSONA. ESCRIBO POR AMOR. ESCRIBO PARA SOPORTAR LA VIDA.

El verdadero Ace

El verdadero Ace
Un día, las hadas, malévolas y traviesas, hicieron una apuesta con los hombres. Dijeron que si lograban crear historias mejores que la vida de ellas, se transformarían en horribles insectos; de lo contrario, ellos desaparecerían de la faz de la Tierra.

Hoy en día, los hombres siguen deambulando por las calles; mientras en los bosques, millones de mariposas revolotean entre los árboles.

Las hadas cumplieron a medias.


Mario Ramírez Monroy


jueves, 25 de noviembre de 2010

Gracias

Cada año me gusta emular en este blog la festividad del Día de Acción de Gracias, y ésta es mi lista de este año:

Gracias porque por fin pude comprender que mi primera novela no funcionó, y lo mejor fue desecharla.


Gracias por descubrir mis limitaciones lo que me han hecho replantear mi vida en el futuro.

Gracias por aprender a valorar la enorme importancia que tienen los cuentos de hadas.

Gracias porque por fin comprendí que no debo escribir a personas que, de antemano, sé que no me van a contestar, ni tampoco volverle a pedir ayuda ni asesoría a nadie.

Gracias por aprender que no vale la pena leer a autores fanáticos de las palabras y no de las historias.

Gracias al blog Ultrafanz por todos los capítulos y películas de Ultraman que he tenido podido bajar y ver.

Gracias a toda las personas que me están siguiendo amablemente en Twitter.

Muchas gracias a Sandra Becerril y a ediciones Shamra por darme la oportunidad de participar en la antología de guiones de corto metraje.

Y gracias sobre todo a las personas que siguen entrando en este blog. Un abrazote a todos ustedes.

lunes, 25 de octubre de 2010

Un pequeño relato de libros

Hoy, caminado por las calles del centro, me detuve en un pequeño puesto de libros usados. Mientras los miraba, se me acercó un chavo que tenía toda la pinta de un niño de calle y me dijo: "Los que quiera. Son de a veinte y treinta pesos". Estaba a punto de marcharme, cuando de pronto vi un libro que he estado buscando: uno de la trilogía Los caminantes del mar, de Kai Meyer. (Hace tres años, encontré la tercera parte en un remate de libros, aunque no he podido comprar los demás por ser un poco caros).

Tomé el libro y el chavo me dijo: "Ese está bien padre". Yo le contesté que hace mucho tiempo lo he estado buscando. Pero, por desgracia, al verlo bien vimos que era la segunda parte. El chavo me dijo que ahorita no tenía la primera parte, pero que sin falta me lo conseguiría el viernes. Yo le contesté que de todas maneras lo iba a comprar, (estaba mucho muy barato, y quiero leer toda la trilogía). Así que yo también quedé muy formal de regresar el viernes. Antes de pagarle, el chavo me enseñó la segunda parte de La materia oscura, La daga, de Pullman, y me dijo: "Este también está bien padre". Le respondí amablemente que ya lo había leído y le pagué el libro.

Apenas y le di los treinta pesos, de inmediato el chavo fue al puesto de al lado y se compró una quesadilla. Yo me quedé otro rato mirando la otra parte del puesto, donde estaban los libros de veinte pesos. Me llamó la atención uno de Las crónicas de Spiderwick, era el tomo 4. El chavo regresó comiéndose su quesadilla y me dijo que ese también estaba bien padre, que ahorita no tenía los demás, pero que luego le llegaban y me comenzó a nombrar todos los títulos. ¿Ya los has leído?, le pregunté, y el chavo movió la cabeza afirmativamente, mientras le daba otra mordida a su quesadilla.

Estaba a punto de irme cuando vi Muerte sin fin y otros poemas de José Gorostiza, por sólo veinte pesos. Por supuesto, no dejé pasar esa oportunidad. Le pagué al chavo y de nuevo se fue al puesto Cursivade quesadillas.

Dos puntos:
En primera, hace mucho que ya no me gusta comprar libros a granel. Como muchos lectores, yo también tuve mi época de comprar y comprar cuando descubrí a muchos autores que antes desconocía. Pero con el tiempo te das cuenta de que será muy difícil leerlos a todos, sin contar todos los que has bajado por internet (ya tengo más de 1200 títulos electrónicos, y unos cincuenta libros de papel esperándome).

En segunda, no sé si el chavó en verdad había leído esos libro de literatura fantástica: no me contestó con palabras, sino sólo movió la cabeza. No obstante, yo quisiera quedarme con la idea de que sí los ha leído, no sólo por lo que sabía de las Crónicas de Spiderwick, sino por su actitud. A pesar de su apariencia de niño de la calle, era muy amable y de sangre liviana, una persona que inspiraba confianza. Me quiero quedar con esta imagen de lo que la literatura y el arte en general es capaz de dar.

En estos días, tan restringidos económicamente para mí, me cuesta trabajo soltar unos pesos, y no se diga en comprar un libro, aunque sea usado. Sin embargo, hace mucho tiempo que no sentía tanta satisfacción en invertir mi dinero en ellos.

lunes, 18 de octubre de 2010

Mebius y los enlaces de la luz

Estaba a punto de no escribir otra entrada para hablar de nuevo sobre una serie de Ultraman. Probablemente, la mayoría de las personas no les interese, les parezca una banalidad, que simplemente desconocen estas series, o de plano ya les caí mal. Pero creo que esta vez sí vale la pena compartir los temas que encontré en Ultraman Mebius.Cursiva

Como dije alguna vez cuando vi los primeros trece capítulo de la serie, Ultraman Mebius no me gustó, me pareció que había muchas escenas de chistes bobos, muy infantil, y más cuando acababa de ver la serie de Ultraman Nexus. No obstante, y aun así, quería verla completa debido a que era la conmemoración del cuarenta aniversario de la franquicia. Y por fortuna, no me arrepentí en nada.
Apenas y subieron el resto de la temporada, la empecé a bajar y la vi. Fue muy emocionante ver actuar a todos los ultras de la primera era, la era Showa: desde el primer Ultraman (1966-67), pasando por Seven, Jack, Ace, Taro, Ultrafather, Ultramother, Leo, Astra, y Ultraman 80 (1980-81). El último Ultraman de esta era fue 80, es decir, la última vez que un ultra pisó la Tierra fue en 1981. En este universo, es dónde habita Mebius, quien llega a la Tierra en 2006; ningún ultraser había regresado a nuestro plantea durante los últimos veinticinco años.

(La segunda era, la era Heisei, cuando regresó la franquicia, comienza en 1996 con Ultraman Tiga; aunque él no es originario de M78, y parece que no ocurre en 1996 sino en el futuro. Por eso ni él, ni Dyna, Gaia, Cosmos y Max no son del mismo universo [aunque tanto Cosmos como Max sí son de M78]. Y mucho menos Nexus y Ultraseven X, quienes son de un universo alterno.)

Regresando a Mebius, me llama la atención su propio nombre, aludiendo a la banda inventada por August Ferdinand Möbius (se pronuncia Mebius), la cual, a parte de representar el infinito, tiene la cualidad de que no tiene dos caras, sino una sola, la cual siempre regresa. Tal vez sea aludiendo al eterno regreso de los seres de la luz.

Actualmente estoy escribiendo sobre ángeles y he estado investigando algunas cosas que me llamaron la atención. Una de las características que hacen incapié es que sólo obtendremos la protección de los ángeles cuando los humanos trabajemos junto al lado de ellos, cuando nos unamos. Entre las muchas frases que repitieron en la serie de Mebius fue que el poder de protección de los ultras aumentará cuando los humanos nos unamos con ellos. Y así sucede, y más en el capítulo final cuando todos los miembros de la patrulla GUYS se unen junto con Mirai para formar todos a un nuevo Mebius sumamente poderoso; y el capitan también se une a Ultraman Zoffy para ayudar a Mebius.

Siguiendo con el tema de los ángeles y la similitud con los ultras, están algunas características de Ultraman Nexus (mi serie favorita). Todos sabemos que la palabra ángel viene del griego angelos, que significa mensajero. El equivalente en sánscrito es angiras, que denota un ser divino espiritual; y el equivalente en persa es angaros, que significa enlace o mensajero. Nexus es por nexo, enlace. Y en esta serie, una de las frases claves es la luz es sólo un enlace. Y cada vez que aparecía en escena Ultraman Nexus, en lugar de poner música marcial y épica, se escuchaba un sonido muy parecido al canto de ángeles, como si Nexus fuera un ángel de verdad.

En fin, ya para terminar, la serie de Mebius es muy emotiva, en especial el capítulo donde aparece Ultraman 80. Cuando sale Ultraman Jack (quien en México conocimos como El Regreso de Ultraman), una persona mayor, al verlo en acción, exclama sonriendo: "Ultraman regresó". El título original en japonés de Ultraman Jack es Kaettekita Urutoraman (Ultraman regresó).

Por fortuna me animé a ver toda la serie completa y terminé muy reconciliado con Ultraman Mebius. Tanto que ya lo considero como unos de mis favoritos. El nombre terrestre de Mebius es Hibino Mirai, quien lo toma porque una persona le dice "Sigue por los días futuros", y días futuros en japones suena a hibino mirai, por eso toma ese nombre. Ver hacia el futuro. En fin, a mí me gusta todo este universo. Me quedo con una frase que tuvo que aprender Hibino Mirai aquí en la Tierra, cuando trataba de comprender la naturaleza humana, la cual no es siempre agradable. Dicha frase es: nunca cambies tus sentimientos, aunque esos sentimientos hayan sido traicionados miles de veces.

domingo, 10 de octubre de 2010

El hombre que quería ser alien

El capítulo 32 de Ultraman Mebius comienza con una historia digna de un estupendo cuento. Dicha historia es narrada por una niña, donde nos dice que siempre que regresaba de su clase de piano, se encontraba con un muchacho quien se pasaba la tarde haciendo hoyos muy grandes en el campo con una pala.

Cierto día, la niña se atrevió a conversar con él. Le preguntó por qué todas las tardes se ponía a escavar hasta el anochecer. El muchacho le respondió que estaba buscando una nave espacial. Inmediatamente, la madre le llamó la atención a su hija, advirtiéndole que no se acercara más a ese muchacho. La niña le preguntó el por qué, y su madre le respondió que todos decían que aquel muchacho podría ser un alien.

Es una lástima que no haya una versión de este inicio en You Tube para que ustedes vean lo fabulosa que está la imagen en video, en donde quisiéramos saber qué será lo que vendrá más adelante en esa historia. A mí la verdad me impresionó y me emocionó mucho.

No les digo qué sigue por si algún día puedan ver este capítulo 32 de Ultraman Mebius. Cada vez me convenzo más de las palabras del maestro Jaime Casillas, cuando nos dijo que no desdeñáramos ningún género.

viernes, 1 de octubre de 2010

La distancia entre metro y metro


Toda mi vida me había sentido orgulloso del metro de la Ciudad de México, tan limpio, incluso más que el de Nueva York, Londres y París; eficiente a pesar de los apretones en las horas pico y de la incipiente incidencia de actos delictivos que han aparecido en los últimos años (y del imbécil conductor que manejó borracho). Desde la edad de doce años, me convertí en un vago de mi ciudad, y por supuesto las estaciones del metro han sido un personaje importante de mis andanzas, en especial las de las líneas 2, 3, 9 y últimamente la 8 y la B.


Sin embargo, hace unos días vi un reportaje donde se habla del metro de -dicho sea de paso, una gran ciudad- Finlandia. Es cierto que el metro en Europa es muy caro (en México, a pesar de todo, seguimos pagando poco por cada viaje), pero lo importante es la actitud y el comportamiento que tienen los ciudadanos de Helsinki. Todos caminan en orden. ¡No hay torniquetes!, hay un sólo lector donde los viajeros tienen que pasar su boleto prepagado; la gente podría pasar ignorando el lector y el viaje les saldría gratis, sin que nadie les diga nada, pero no hacen eso.


Además, y lo que más me marcó del reportaje, el metro de Helsinki es muy limpio, sin ventanas pintarrajeada ni rayadas. Hace varios años, leí en un reportaje que en Finlandia se encuentra la mejor escuela pública del mundo. ¿Será la educación la responsable de la apariencia de una ciudad?


Estados Unidos tiene muchos buenos ejemplos que podríamos copiarles. ¿Por qué a la gente le gusta más copiar los malos ejemplos, pintar y rayar todo lo que se nos ponga en frente, en lugar de copiar lo mejor? (Ojo: no me estoy refiriendo a los estupendos graffiti bien hechos que adornan algunos muros). Después de ver el reportaje y de nuevo ver mi aún querido metro, me pregunto, ¡qué carajos les pasa a los mexicanos!

martes, 28 de septiembre de 2010

El Niño de los Anteojos Azules

Aquí les dejo un cuento de Angel del Campo, conocido como Micrós. Lo transcribí porque parece que no hay una copia en línea, y algunas personas se interesaron en leerlo. Este cuento lo leí hace unos diez años, y recuerdo que me movió mucho, a la vez que la imagen de dicho relato siempre se me quedó grabado. Espero les guste. (Siempre que transcribo algo, lo dejo de color azul, y espero que no les moleste la vista; además, en esta ocasión está justificado.) Si quieren conocer algo de Ángel del Campo, Micrós, aquí les dejo un enlace.

EL NIÑO DE LOS ANTEOJOS AZULES
-Nana, pero si yo no quiero ese muñeco que está aserrado. Ya me fastidió. Lo que quiero es un santito.
-Pues no hay santito. Mira este caballito. ¿Ves qué chulo? Apretándolo chilla.
-No me gusta el caballo de hule.
-Pues mira la maquinita. ¡Uh, uh! ¿oyes? Es que íbamos a jugar a la maquinita; la caja de las canicas es la estación, ¿eh? y la pelota es la otra estación. ¡A ver! ¡uh, uh! Va a salir. –Y la nana, en cuatro pies sobre la alfombra, daba cuerda a la maquinita Lyon, que zumbando recorría la alfombra.
El niño agregó:
-No quiero maquinita.
-Pues ¿qué quieres, vida mía? Los soldaditos, ¿ves qué chulos? Mira, yo los paro y tú les avienta con la pelota: ¿Quieres? Así… esta es la caballería.
-Ay, nana, ¿y por qué no me sacan a la calle?
-Porque estás malito y te hace daño el aire; pero verás mañana, si tomas tus medicinas nos vamos lejos, lejos… hasta en casa de tía Pepita.
-Sí, muy lejos, y no volvemos hasta en la noche.
-Sí, hasta en la noche.
-¿Y me llevas a comprar un títere? Yo quiero un títere.
-Sí, pero tomas tu alimento y tu medicina, si no, no…
-Sí, la tomo; pero ¿me llevas? Yo no quiero estarme encerrado. Ya ves, me acerco a la sala cuando hay visitas, y me echan; quiero ir con mamá, y me manda a jugar; vienen mis primos, y no los dejan entrar. ¿Pues qué, tengo tifo? Cuando mi tío estaba enfermo de tifo no dejaban entrar a nadie.
-¡Qué tifo! Sino que como son muy traviesos y dijo el doctor que las travesuras te hacen daño…
-Yo quiero al doctor porque me hace cariños. ¿Y tú me quieres, nana?
-Sí, sí te quiero.
-¿Mucho? ¿mucho?
-Mucho, mucho…
-¿De qué tamaño?
-¡Huy!... del tamaño de esta casa.
-Dame la mano, nana, porque ya no veo nada… nada con estos vidrios negros. ¿Me llevas a mi cama? ¡Cárgame, nanita, cárgame!
Su acento era desgarrador y se puso a sollozar. La nana, sin saber por qué, sollozó también.
-¿Por qué lloras?
-¿Yo? No, si me reía de que pesas mucho.
-¿Y mi mamá, nana?
-Está en la sala. ¿Quieres que le hable?
-No, no le hables… A ti te quiero más que a mi papá y mi mamá. Tápame los pies, nanita; no te vayas a ir… dame le mano…
Y el niño se quedó dormido, mientras la nana, en una silla baja al lado del lecho, veía con tristeza los dibujos de la alfombra.
¡Pobre escrofuloso! No era un niño, no; era un monstruo. Enorme la cabeza, pálido, enflaquecido; le ponían anteojos azules porque se había enfermado de la vista, y nada causaba una impresión tan intensa como aquella cara desencajada y aquellos grandes vidrios que parecían órbitas de calavera. Apenas se sostenía en pie con las delgadas piernas y el abultado vientre. Era un fenómeno que causaba asquerosa lástima… Su enfermedad no tenía remedio: era heredada de su padre y hacía dos años, ¡dos largos años! Que había pasado martirizado por píldoras y papeles, baños y unturas, cucharadas y friegas.
El aspecto de aquella criatura partía el alma; siempre callado, melancólico, perdido en un verdadero océano de juguetes; arrastrándose por las alfombras mientras la abnegada cuidadora cabeceaba en un rincón. Jugaba en silencio y al minuto, fastidiado, arrojaba uno tras otro el caballo de hule, el borrego de palo y algodón, la pelota de colores chillantes y la caja de soldados. Cada capricho se le cumplía: un muñeco soñado, una caja de música, un reloj… Todo se le compraba y todo le era indiferente, devorado por un fastidio, por una tristeza precoz.
No amaba a sus padres; lo horrorizaban haciéndolo llorar, enmudecía en su presencia y se refugiaba en las faldas de su nana, mientras ellos se retiraban pálidos y contrariados. Se veían, temblaban y no encontraban una frase para consolarse de aquel mal, aquel mal que entristecía la casa y entristecía los corazones…
Cuando el médico llegaba ¡qué escenas! La mamá, nerviosa acercaba la vela; la nana tenía las vendas, el señor la untura y el doctor percutía aquí y allá; auscultaba conteniendo el resuello y tomaba el pulso viendo un reloj de repetición y haciendo chispear el grueso diamante de su añillo.
Le mostraban las flemas y la orina que observaba ladeando el recipiente. Descubría el abdomen del chiquillo, y golpeaba en él siempre preocupado. Las escrófulas del cuello iban mal, habían dejado grandes cicatrices que hacían llorar al enfermo cuando se las tocaba. ¿Y los ojos? Nada de luz fuerte. Sopita de ajo, los baños y las cucharaditas, cada dos horas…
-No duerme, señor Castro; toda la noche se la pasa en vela; hay veces que desvaría.
-¡Hum! (preocupado siempre).
-Y no quiere tomar las medicinas. ¿Verdad que si no las toma le pone usted otro cáustico?
-¿Cómo? ¿No toma mi amigo las medicinas? ¡Vaya, vaya!...
El señor, después de cada visita, se encerraba en su despacho y con la cabeza entre las manos, se abstraía.
¡Pobre y desgraciado fruto de sus ardientes amores!...
-Yo –se decía- soy la causa de todo.
Era verdad. Su pasado tempestuoso, sus vicios de joven, lo repugnante de sus orgías, se habían encarnado en aquel hijo, el único. Aquel monstruo enclenque, con anteojos azules, lo perseguía en sus insomnios con lamentos, sus dolores, y lo atormentaban con un dolor mayor: el remordimiento.
La señora le tenía miedo. Dudaba de que fuera su hijo. No sabía qué responder a sus amigas cuando le preguntaban: ¿Y el niño?
El niño jamás entraba en la sala, lo alejaban de las gentes porque sabían el horror profundo que causaba con su olor de medicinas.
Solamente la nana abnegada y buena, le hacía compañía en aquellas largas horas de fastidio; entretenía sus veladas con incoherentes relatos, maravillosas narraciones que interrumpía vencida por el sueño. Más de una vez despertó con ganas de gritar, ¡tan pavoroso era el cuadro! Silenciosa la pieza, sonando el tic-tac de un reloj de bolsa para ver la hora de las medicinas, languideciendo la veladora de porcelana, que dibujaba siluetas enormes que danzaban a cada parpadeo, y el niño, sentado en la cama, la miraba de hito en hito, medroso de la sombra, perseguido por las quimeras del insomnio. Heridos por la luz, parecía llamear los vidrios de sus anteojos.
Le compraron el títere soñado. Era un extraño muñeco, tan mal fabricado, que hacía reír. ¡Qué grotesca fisionomía de don Folías! Tenía ojitos de chaquira escarlata, largas narices, boca de oreja a oreja, fingiendo una risa sarcástica que parecía más bien un gesto de dolor. Una cinta de percal muy larga hacía las veces de pescuezo, su traje era de paño azul y papel dorado, y tenía los movimientos más extravagantes. Fue la única vez que se rió el niño: al ver a don Folías. Los papás rieron también; iba de alivio seguramente, porque hacía dos años que sólo lloraba.
-¡Qué cara tiene, nana! Parece que se ríe y parece que está enojado, diciendo como decía aquel gigante del cuento: ¡Te maldigo! ¡tú tienes la culpa de mi desgracia!
-¿Ya ve, Filomena, por qué no duerme?, porque usted le cuenta cosas de gigantes que le dan pesadillas…
El niño sin oír las palabras del papá, bailaba sobre las colchas al autómata de las grandes narices y la enigmática fisionomía.
Cuando el niño murió el títere estaba sobre su almohada, y ¡cosa rara! Se parecía al enfermo sin anteojos: ¡la misma cabeza deforme, las mismas narices, la misma mueca de dolor o de risa!
Pasó el tiempo y nadie lo lloraba. Los padres, allá en su interior, sentían un alivio al recordar la partida del enfermo. ¡Sufría tanto viviendo, que era preferible perderlo!
Pero había noches en que el padre se desesperaba aguijoneado por su recuerdo al atravesar la recámara convertida en asistencia. No había lecho, no había enfermo, no había veladora; pero el viento fingía lamentos, las sombras fantasmas y los tapices despedían el olor de los desinfectantes. Y el papá temblaba porque veía en su recuerdo, no sólo al muerto, sino a un emblema de su suerte. Largo tiempo hacía que él y la esposa reñían agriando el matrimonio con ásperas disputas.
Aquel niño había sido un crimen. ¿Quién tenía la culpa? ¿Quién le había legado las manchas del vicio y las enfermedades? El remordimiento pesaba sobre el marido, poblando de vestigios sus sueños y amargando sus ideas cualquier recuerdo que se ligaba con la infancia.
La escena pasó en el cuarto del niño. Ella exhumaba cosas viejas de un cajón. La disputa había sido terrible, iban a separarse. ¡Imposible! El resistía el dolor acompañado de su esposa; pero solo, ¿solo qué haría?
Sombrío y airado contemplaba los preparativos: cada juguete de hijo muerto, al ser sacado del cajón de un ropero, evocaba una escena.
El títere salió a su vez empolvado, manchado por la humedad, oliendo a ropa sucia. Lo tomaron del alambre, lo suspendieron en el aire y sin que tocara sus rotas pitas, tenía extraños movimientos, los de un ahorcado; sacudía las piernas golpeando la una contra la otra, la cabeza caía abandonada sobre el pecho como la de un muerto, y los brazos se balanceaban con vaivenes de péndulo.
Fue tal la emoción que les produjo ver su cara, que lo arrojaron al suelo pisoteándolo. El muñeco se rompió y ellos se abrazaron sollozando.
-Parece que nos mira y nos maldice. ¿Lo ves? Lo matamos. Sí, nosotros somos los culpables porque no lo amábamos.
Hay amargos recuerdos que se parecen al fantoche. Se les arroja, se les pisotea, pero ¿de qué sirve? La cabeza queda haciendo el gesto extravagante que parece una risa sarcástica, manos invisibles dan a sus miembros de barro movimientos que crispan y en el muñeco parece encarnarse un enemigo. Tales recuerdos hacen sollozar, como sollozaban aquellos padres, perseguidos por la visión de un niño muerto con anteojos azules.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Invitación a la obra Están Aquí

La locura es contagiosa, (frase digna del Asilo Arkham), así dice el eslogan de la obra Están aquí, escrita y dirigida por Sandra Becerril. La obra se presentará en el D.F. el 30 y 31 de octubre. Échenle una visual al cartel.

Lecturas de minificción en el zócalo

El próximo domingo 10 de octubre todos nos daremos una vuelta al zócalo para escuchar un gran maratón de lecturas de minificción. Échenle una visual a este cartel.


domingo, 19 de septiembre de 2010

Aún ahora

No importa si es con una persona conocida o con alguien que apenas encontró en la calle, en algún lugar de espera o en un taxi: la gente sigue escuchando los relatos de alguien cuando habla sobre lo que le pasó el día del temblor, con toda atención, sin aburrirse. Sólo es necesario una pequeña excusa para recordar, con lujo de detalles, en dónde estaba cuando sucedió el sismo. De gual manera, uno mismo también relata lo que le pasó una y otra vez sin sentir que ya no es necesario repetir lo que tantas veces ya ha contado.

Hoy hace veinticinco años sucedió el temblor más fuerte en la historia de la Ciudad de México. Quienes lo vivieron saben de sobra lo que pasó. Entre los muchos muertos (oficialmente fueron -creo- 4 mil, aunque se dice que en realidad fueron 20 mil), estuvo el poeta del nopal, Rockdrigo González.

Pensemos de nuevo en actitud y en la iniciativa de la gente frente al desastre de 1985, en su solidaridad (en la verdadera solidaridad, no la que inventó el gobierno); también en el cambio de aspecto que tuvo nuestra ciudad. Y pensemos que, a pesar del tiempo, y del que vendrá, la gente seguirá contando una y otra vez lo que le pasó aquel día.