El verdadero Ace

El verdadero Ace
Un día, las hadas, malévolas y traviesas, hicieron una apuesta con los hombres. Dijeron que si lograban crear historias mejores que la vida de ellas, se transformarían en horribles insectos; de lo contrario, ellos desaparecerían de la faz de la Tierra.

Hoy en día, los hombres siguen deambulando por las calles; mientras en los bosques, millones de mariposas revolotean entre los árboles.

Las hadas cumplieron a medias.


La Bruja Blanca

La Bruja Blanca
Reencarnación

martes, 28 de septiembre de 2010

El Niño de los Anteojos Azules

Aquí les dejo un cuento de Angel del Campo, conocido como Micrós. Lo transcribí porque parece que no hay una copia en línea, y algunas personas se interesaron en leerlo. Este cuento lo leí hace unos diez años, y recuerdo que me movió mucho, a la vez que la imagen de dicho relato siempre se me quedó grabado. Espero les guste. (Siempre que transcribo algo, lo dejo de color azul, y espero que no les moleste la vista; además, en esta ocasión está justificado.) Si quieren conocer algo de Ángel del Campo, Micrós, aquí les dejo un enlace.

EL NIÑO DE LOS ANTEOJOS AZULES
-Nana, pero si yo no quiero ese muñeco que está aserrado. Ya me fastidió. Lo que quiero es un santito.
-Pues no hay santito. Mira este caballito. ¿Ves qué chulo? Apretándolo chilla.
-No me gusta el caballo de hule.
-Pues mira la maquinita. ¡Uh, uh! ¿oyes? Es que íbamos a jugar a la maquinita; la caja de las canicas es la estación, ¿eh? y la pelota es la otra estación. ¡A ver! ¡uh, uh! Va a salir. –Y la nana, en cuatro pies sobre la alfombra, daba cuerda a la maquinita Lyon, que zumbando recorría la alfombra.
El niño agregó:
-No quiero maquinita.
-Pues ¿qué quieres, vida mía? Los soldaditos, ¿ves qué chulos? Mira, yo los paro y tú les avienta con la pelota: ¿Quieres? Así… esta es la caballería.
-Ay, nana, ¿y por qué no me sacan a la calle?
-Porque estás malito y te hace daño el aire; pero verás mañana, si tomas tus medicinas nos vamos lejos, lejos… hasta en casa de tía Pepita.
-Sí, muy lejos, y no volvemos hasta en la noche.
-Sí, hasta en la noche.
-¿Y me llevas a comprar un títere? Yo quiero un títere.
-Sí, pero tomas tu alimento y tu medicina, si no, no…
-Sí, la tomo; pero ¿me llevas? Yo no quiero estarme encerrado. Ya ves, me acerco a la sala cuando hay visitas, y me echan; quiero ir con mamá, y me manda a jugar; vienen mis primos, y no los dejan entrar. ¿Pues qué, tengo tifo? Cuando mi tío estaba enfermo de tifo no dejaban entrar a nadie.
-¡Qué tifo! Sino que como son muy traviesos y dijo el doctor que las travesuras te hacen daño…
-Yo quiero al doctor porque me hace cariños. ¿Y tú me quieres, nana?
-Sí, sí te quiero.
-¿Mucho? ¿mucho?
-Mucho, mucho…
-¿De qué tamaño?
-¡Huy!... del tamaño de esta casa.
-Dame la mano, nana, porque ya no veo nada… nada con estos vidrios negros. ¿Me llevas a mi cama? ¡Cárgame, nanita, cárgame!
Su acento era desgarrador y se puso a sollozar. La nana, sin saber por qué, sollozó también.
-¿Por qué lloras?
-¿Yo? No, si me reía de que pesas mucho.
-¿Y mi mamá, nana?
-Está en la sala. ¿Quieres que le hable?
-No, no le hables… A ti te quiero más que a mi papá y mi mamá. Tápame los pies, nanita; no te vayas a ir… dame le mano…
Y el niño se quedó dormido, mientras la nana, en una silla baja al lado del lecho, veía con tristeza los dibujos de la alfombra.
¡Pobre escrofuloso! No era un niño, no; era un monstruo. Enorme la cabeza, pálido, enflaquecido; le ponían anteojos azules porque se había enfermado de la vista, y nada causaba una impresión tan intensa como aquella cara desencajada y aquellos grandes vidrios que parecían órbitas de calavera. Apenas se sostenía en pie con las delgadas piernas y el abultado vientre. Era un fenómeno que causaba asquerosa lástima… Su enfermedad no tenía remedio: era heredada de su padre y hacía dos años, ¡dos largos años! Que había pasado martirizado por píldoras y papeles, baños y unturas, cucharadas y friegas.
El aspecto de aquella criatura partía el alma; siempre callado, melancólico, perdido en un verdadero océano de juguetes; arrastrándose por las alfombras mientras la abnegada cuidadora cabeceaba en un rincón. Jugaba en silencio y al minuto, fastidiado, arrojaba uno tras otro el caballo de hule, el borrego de palo y algodón, la pelota de colores chillantes y la caja de soldados. Cada capricho se le cumplía: un muñeco soñado, una caja de música, un reloj… Todo se le compraba y todo le era indiferente, devorado por un fastidio, por una tristeza precoz.
No amaba a sus padres; lo horrorizaban haciéndolo llorar, enmudecía en su presencia y se refugiaba en las faldas de su nana, mientras ellos se retiraban pálidos y contrariados. Se veían, temblaban y no encontraban una frase para consolarse de aquel mal, aquel mal que entristecía la casa y entristecía los corazones…
Cuando el médico llegaba ¡qué escenas! La mamá, nerviosa acercaba la vela; la nana tenía las vendas, el señor la untura y el doctor percutía aquí y allá; auscultaba conteniendo el resuello y tomaba el pulso viendo un reloj de repetición y haciendo chispear el grueso diamante de su añillo.
Le mostraban las flemas y la orina que observaba ladeando el recipiente. Descubría el abdomen del chiquillo, y golpeaba en él siempre preocupado. Las escrófulas del cuello iban mal, habían dejado grandes cicatrices que hacían llorar al enfermo cuando se las tocaba. ¿Y los ojos? Nada de luz fuerte. Sopita de ajo, los baños y las cucharaditas, cada dos horas…
-No duerme, señor Castro; toda la noche se la pasa en vela; hay veces que desvaría.
-¡Hum! (preocupado siempre).
-Y no quiere tomar las medicinas. ¿Verdad que si no las toma le pone usted otro cáustico?
-¿Cómo? ¿No toma mi amigo las medicinas? ¡Vaya, vaya!...
El señor, después de cada visita, se encerraba en su despacho y con la cabeza entre las manos, se abstraía.
¡Pobre y desgraciado fruto de sus ardientes amores!...
-Yo –se decía- soy la causa de todo.
Era verdad. Su pasado tempestuoso, sus vicios de joven, lo repugnante de sus orgías, se habían encarnado en aquel hijo, el único. Aquel monstruo enclenque, con anteojos azules, lo perseguía en sus insomnios con lamentos, sus dolores, y lo atormentaban con un dolor mayor: el remordimiento.
La señora le tenía miedo. Dudaba de que fuera su hijo. No sabía qué responder a sus amigas cuando le preguntaban: ¿Y el niño?
El niño jamás entraba en la sala, lo alejaban de las gentes porque sabían el horror profundo que causaba con su olor de medicinas.
Solamente la nana abnegada y buena, le hacía compañía en aquellas largas horas de fastidio; entretenía sus veladas con incoherentes relatos, maravillosas narraciones que interrumpía vencida por el sueño. Más de una vez despertó con ganas de gritar, ¡tan pavoroso era el cuadro! Silenciosa la pieza, sonando el tic-tac de un reloj de bolsa para ver la hora de las medicinas, languideciendo la veladora de porcelana, que dibujaba siluetas enormes que danzaban a cada parpadeo, y el niño, sentado en la cama, la miraba de hito en hito, medroso de la sombra, perseguido por las quimeras del insomnio. Heridos por la luz, parecía llamear los vidrios de sus anteojos.
Le compraron el títere soñado. Era un extraño muñeco, tan mal fabricado, que hacía reír. ¡Qué grotesca fisionomía de don Folías! Tenía ojitos de chaquira escarlata, largas narices, boca de oreja a oreja, fingiendo una risa sarcástica que parecía más bien un gesto de dolor. Una cinta de percal muy larga hacía las veces de pescuezo, su traje era de paño azul y papel dorado, y tenía los movimientos más extravagantes. Fue la única vez que se rió el niño: al ver a don Folías. Los papás rieron también; iba de alivio seguramente, porque hacía dos años que sólo lloraba.
-¡Qué cara tiene, nana! Parece que se ríe y parece que está enojado, diciendo como decía aquel gigante del cuento: ¡Te maldigo! ¡tú tienes la culpa de mi desgracia!
-¿Ya ve, Filomena, por qué no duerme?, porque usted le cuenta cosas de gigantes que le dan pesadillas…
El niño sin oír las palabras del papá, bailaba sobre las colchas al autómata de las grandes narices y la enigmática fisionomía.
Cuando el niño murió el títere estaba sobre su almohada, y ¡cosa rara! Se parecía al enfermo sin anteojos: ¡la misma cabeza deforme, las mismas narices, la misma mueca de dolor o de risa!
Pasó el tiempo y nadie lo lloraba. Los padres, allá en su interior, sentían un alivio al recordar la partida del enfermo. ¡Sufría tanto viviendo, que era preferible perderlo!
Pero había noches en que el padre se desesperaba aguijoneado por su recuerdo al atravesar la recámara convertida en asistencia. No había lecho, no había enfermo, no había veladora; pero el viento fingía lamentos, las sombras fantasmas y los tapices despedían el olor de los desinfectantes. Y el papá temblaba porque veía en su recuerdo, no sólo al muerto, sino a un emblema de su suerte. Largo tiempo hacía que él y la esposa reñían agriando el matrimonio con ásperas disputas.
Aquel niño había sido un crimen. ¿Quién tenía la culpa? ¿Quién le había legado las manchas del vicio y las enfermedades? El remordimiento pesaba sobre el marido, poblando de vestigios sus sueños y amargando sus ideas cualquier recuerdo que se ligaba con la infancia.
La escena pasó en el cuarto del niño. Ella exhumaba cosas viejas de un cajón. La disputa había sido terrible, iban a separarse. ¡Imposible! El resistía el dolor acompañado de su esposa; pero solo, ¿solo qué haría?
Sombrío y airado contemplaba los preparativos: cada juguete de hijo muerto, al ser sacado del cajón de un ropero, evocaba una escena.
El títere salió a su vez empolvado, manchado por la humedad, oliendo a ropa sucia. Lo tomaron del alambre, lo suspendieron en el aire y sin que tocara sus rotas pitas, tenía extraños movimientos, los de un ahorcado; sacudía las piernas golpeando la una contra la otra, la cabeza caía abandonada sobre el pecho como la de un muerto, y los brazos se balanceaban con vaivenes de péndulo.
Fue tal la emoción que les produjo ver su cara, que lo arrojaron al suelo pisoteándolo. El muñeco se rompió y ellos se abrazaron sollozando.
-Parece que nos mira y nos maldice. ¿Lo ves? Lo matamos. Sí, nosotros somos los culpables porque no lo amábamos.
Hay amargos recuerdos que se parecen al fantoche. Se les arroja, se les pisotea, pero ¿de qué sirve? La cabeza queda haciendo el gesto extravagante que parece una risa sarcástica, manos invisibles dan a sus miembros de barro movimientos que crispan y en el muñeco parece encarnarse un enemigo. Tales recuerdos hacen sollozar, como sollozaban aquellos padres, perseguidos por la visión de un niño muerto con anteojos azules.

2 comentarios:

Shakty illuminati dijo...

Hola Arkham, gracias por hacer la transcripción para que lo pudiera leer. Ayer lo hice pero ya no me dio tiempo para comentarlo.
Comienza siendo una historia tierna, -digamos que hasta inocente- pero al final perturbadora. Pude hacer algunas reflexiones acerca de esa etapa que todos transitamos llamada niñez. Cualquiera que lo pueda leer, puede vislumbrar algún reflejo con el cuento, a pesar de no ser un monstruo literalmente.

También al leerlo, no pude evitar relacionarlo con el síndrome arlequín. Aquí te dejo un link para que lo puedas ver en vídeo.

Un afectuoso saludo.

http://www.youtube.com/watch?v=50NKqbRPU6Y&feature=related

Anónimo dijo...

NO TE IMAGINAS LO QUE SIGNIFICA PARA MI ENCONTRAR DE NUEVO ESTE TEXTO,EN VERDAD TE LO AGRADEZCO MUCHO.
LO LEI CUANDO TEIA 13 AÑOS, IBA A LA SECUNDARIA Y LA MAESTRA DE ESPAÑOL NOS COMPARTIO LAS COPIAS, AHORA SOY MAESTRA DE PRIMARIA, A MIS TRES PRIMEROS GRUPOS, LES LEI LA HISTORIA, CREANDO UN AMBIENTE ESPECIAL, PARA QUE LO ASIMILARAN MEJOR, LO PRESTE A UN ALUMNO DE MI TERCER GRUPO, PARA QUE LO FOTOCOPIARA Y ME LO PERDIO, DESDE ENTONCES LO ESTUVE BUSCANDO, PERO COMO TU DICES FUE IMPOSIBLE, NO ENCONTRE EL ESCRITO EN EL LIBRO Y LO UNICO QUE HABIA LOGRADO, FUE EL NOMBRE DEL AUTOR, GRACIAS DE NUEVO TE ANVIO UN FUERTE ABRAZO.